lunes, 2 de septiembre de 2013

ANGUSTIA EN PLATA

Reposó suavemente las manos el regazo y el pequeño sobre resbaló por el tafetán de su vestido y cayó sin ruido alguno a la mullida alfombra. Pensó en incorporarse y recogerlo y sin embargo siguió con los ojos cerrados, la cabeza recostada en el alto respaldo y simplemente anotó en su memoria que tenía que volver a tenerlo en sus manos a la mayor brevedad.
La noticia, aunque se la hubieran traído en bandeja de plata, no dejaba de ser una preocupante comunicación.
Un suspiro de angustia le paralizó la respiración y la sostuvo ahí, dejando el aire en el pecho perfectamente encorsetado y con una desconcertante suavidad, lo fue expulsando.
El crepitar del fuego la acompañaba en el final de este agosto cálido durante las horas centrales del día pero frío mientras avanzaba la jornada y para ella, a estas horas helado, sin duda le iba recordando que el otoño llamaba a la puerta. Con el cambio de estación definitivamente volvería toda la alta sociedad a Londres dejando atrás las residencia de verano o los elegantes viajes por las costas de Europa, y cuando esto sucediera...¿cómo ocultar lo imposible?
  - Disculpe señora, ¿Le enciendo la luz?
Un breve gesto con la cabeza y un susurro de agradecimiento le hicieron abrir los ojos tras varios parpadeos algo ortopédicos. La había envuelto la oscuridad y no había sido consciente y ahora la luz parecía su conciencia.
El fuego fue convenientemente avivado y la tarjeta junto con su sobre volvieron a la bandeja de plata sin la más mínima curiosidad por parte de su viejo y fiel mayordomo que se fue sigiloso sin saber lo que aquella línea de tinta ocultaba.
Mientras él salía de la estancia tuvo una sonrisa dulce y triste hacia la persona más fiel de su vida, su impasible Alfred, qué sería de él si todo se descubría...
Giró leve y elegantemente la cabeza a la mesita del café y allí estaba el principio del fin. Inútilmente intentó recordar cuándo apareció esa bandeja para el correo en casa, siempre estuvo ahí, como los sillones confortables, las tostadas del desayuno y el saberse a salvo. Volvió a recordar el contenido de la misiva pues lo tenía grabado en la memoria y se estremeció.
Echaba de menos a su marido, le dejó en buena posición, no era una de esas viudas venidas a menos, no tuvieron hijos y sus sobrinos eran, por ahora, distantes con la fortuna que presumiblemente iban a recibir. Eran chicos cariñosos, eso era cierto, pero no podía acudir a ellos.
¡Ay, George, querido! Seguro que tú sabrías que hacer frente a tan burdo chantaje, tú sabrías como solucionarlo y que a la conservadora sociedad victoriana no le llegara ningún horrible rumor, por cierto que fuera, que lo era.
En eso no podía engañarse, era verdad, terriblemente cierto pero no podría soportar la cárcel o aún peor...el vacío social. Sucumbir al chantaje también es una opción, pero poco fiable. Sólo George sabría arreglarlo...se enfadó consigo misma
¡Demonios, George! ¿Por qué tuve que matarte?

1 comentario:

  1. Me recuerda a unas novelas radiadas de Alberto Domper que escuchaba de pequeña. Todo el contenido se desvelaba en el final.

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