lunes, 27 de enero de 2014

SABIDURÍA POPULAR

Recuerdo un día de verano que yo no tendría más quince años. Aunque ahora que lo pienso puede que fueran dieciséis y no fuera verano. Tengo el recuerdo nítido de la conversación que oí pero soy incapaz de saber cómo íbamos vestidos o si yo tenía frío o calor. No sé porque he pensado en verano, pero lo cierto es que no tengo ni idea. Sé que yo estaba donde no debía o puede que no se dieran cuenta de que yo estaba allí, dudo  mucho que pensaran que yo ya era lo suficientemente adulta para estar en esa charla.
Fuera la edad que fuera  lo que tengo claro es que no eran las cosas como ahora. No es que yo sea demasiado mayor pero es cierto que había temas de los que no se hablaba dándoles tan poca importancia, tampoco se hacían los sentimientos tan públicos o puede que fuera porque nadie quería hacer más daño del necesario comentando circunstancias dolorosas sin recato. E incluso puede que fuera sólo una característica familiar. No lo descarto, en ciertas cosas, sobre ciertas vicisitudes, aún había pudores y creo que en el fondo -y en la superficie- me alegro.
La cuestión es que alguien, no se quién, puede que fuera de la familia o no, había sufrido un aborto de manera natural. Eso evidentemente sí que lo entendía, era "pava" pero no tanto, y podía comprender perfectamente que era algo doloroso y muy duro de aceptar. No era cuestión de publicarlo, bueno, ahora si hay portadas de revistas del corazón comentando afligidamente y vestidas de negro que han perdido el bebé que esperaban, pero antes no era así, y me quedo con la manera de entonces. Me recuerdo poniéndome en el lugar de esa mujer, -dichosa empatía que me persigue desde la infancia- y sentí la desesperación, la desilusión, el dolor de la pérdida, sé que pensé que no podía haber nada más duro en la vida y que seguramente sería algo que no se olvidaría jamás, por años que pasaran, por hijos que se tuvieran después. Gracias a Dios no ha sido una vivencia por la que haya tenido que pasar.
Pero lo que me llamó la atención fue escuchar a una de mis tías abuelas comentando...creo que con mi abuela, tampoco estoy muy segura, con voz baja, sin lamento pero tampoco sin importancia: "Estaba claro lo que le pasaba, yo le dije que fuera corriendo a urgencias, ese frío que tenía no era normal, no se le quitaba con nada, era frío por dentro, ese frío solo se tiene cuando hay dentro un cuerpo muerto". Me quedé tan perpleja que ni me moví, ni respiré, entendía el razonamiento de que las personas fallecidas se quedan frías, claro, pero nunca lo había pensado así, ni siquiera hoy por hoy sé si esa enseñanza popular tiene fundamentos médicos reales, nunca quise saberlo, creo que aún me dura la impresión de entonces, y por otro lado me da miedo, tanto como sentir frío por dentro.

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