jueves, 4 de abril de 2013

TRUENOS DE AÑORANZA

Llovía gris.
El horizonte se había perdido entre sombras verdosas con tintes negros, presagiaba un futuro incierto. El paisaje era apocalíptico como el que se definía en las sagradas escrituras y en las películas de serie B. Un rayo partió el cielo por la mitad y retumbó un trueno, tembló el cristal de la ventana donde estaba apoyada, un mirador lacrimoso y helado.
Se acurrucó en sus propios brazos y subió el cuello de su chaqueta.
Nunca se acostumbraría a las tormentas. Le daban miedo, un irracional y absurdo miedo, un pánico impropio de su edad, sus conocimientos, sus malos ratos vividos.
El viento zumbaba por cada rincón de la casa y un perro aulló en la lejanía, "malos presagios"- decían las antiguas, "suena a muerto"- decían otras. Suponía que la realidad era tan simple como que el pobre animal estaría aterido de frío, solo y perdido en medio de tan tremendo temporal. Pero la explicación sensacionalista y llena de superstición parecía por entonces muchísimo más lógica.
Le gustaban las tradiciones, los dichos, los refranes y los protocolos de siempre,  pero había unido su vida a un hombre de ciencias, cerebral y cuadriculado que no atendía a folclore alguno. Recordaba con una sonrisa cuando su abuela decía alguna de esas frases que conformaban el hilo del recuerdo de su infancia "no presientas que eso es de viejo o de perro" "tanto va el cántaro a la fuente..." "quema romero, santo romero..." y su marido miraba al cielo en una suplica a un Dios en el que no creía o en grito desesperado ahogado por la buena educación y el respeto a quien tanto hizo por ella.
Su abuela. Pese a echarla tanto de menos siempre su recuerdo le traía paz, calor de hogar, olor a jabón y puchero en la olla. Trabajó incansable como nadie, hasta el final, sin una queja o un reproche, dulce y firme no sólo llevó por buen camino a sus hijos sino que también se hizo cargo de los nietos, les dejaba consejos que eran sentencias y enseñanzas en forma de caricias.
Ahora, como adulta, pensaba que hacía magia para dar de comer a tantos, para que no le faltara un detalle a nadie, y para ayudar cuando alguno necesitaba gafas o había que pagar la cuenta del dentista...o de los zapatos.
La claridad de un relámpago hizo la luz en el patio y pudo ver a lo lejos una chaqueta de uno de sus hijos que debió olvidar, estaba empapándose, salió rápida a rescatarla con el recuerdo vibrante de su abuela, y su cara se humedeció de lluvia o de nostálgica soledad del cobijo infantil.


3 comentarios:

  1. Me encantan esas historias antiguas de los tiempos de los abuelos, tiempo de supercherías, refranes y velas en las estampas de los santos. No lo digo porque lo haya vivido con ellos, pues he sido una niña huérfana de abuelos, pero lo he visto en otras casas.
    Ahora que soy mayor y no tengo el cariño de mis padres echo de menos las caricias de los abuelos que no conocí.
    Gracias por estos ratitos tan sabrosos.

    ResponderEliminar
  2. Sólo te diré "gracias".Me gustado muchísimo leerte.De verdad,muchas gracias.

    ResponderEliminar
  3. A ver si alguien con buen gusto te ficha, hija, cada día escribes mejor y más ameno

    ResponderEliminar