jueves, 20 de diciembre de 2012

DULCE NAVIDAD

El bote de galletas no estaba entre sus favoritos pero la alacena era un lugar maravilloso. En casa la alacena era un cuarto pequeñito pequeñito, o un gran armario empotrado, según se mirase. Se empeñaban en poner muy alto las galletas en su gran caja de lata, magullada y algo descolorida con aquella antigua pegatina hecha con ese aparato tan raro en el que se iban apareciendo las letras en una tirita adhesiva mientras se presionaba en el lugar adecuado. Pero estando las bizcochos, el pudding y los roscos de Navidad...¿quién puede querer unas galletas?
Toda la alacena estaba perfectamente ordenada, identificada y no estaba por orden alfabético era porque creía que  nadie se le había ocurrido...si hubiera estado en la mente de alguien, jamás la harina estaría por delante del arroz ni éste detrás del azúcar. Por si acaso y para evitarse complicaciones a la hora de echar una mano a mamá en la cocina nunca comentaba su observación.
No tenía claro tampoco si realmente no querían que se acercara a los dulces o era una tradición a mantener porque si no fuera asi...¿para qué diablos dejaban las cajas de leche justo debajo casi en forma de escalera para que pudiera acceder a casi la totalidad de los estantes? Por si acaso, para desafiar a las normas, en el caso de que no fuera una advertencia poética, o para complacer el interés en el engaño, se comió un rosquito...no era el más grande pero dejó un hueco que se afanó en recolocar.
Sentada en una esquinita, saboreando la canela y el azúcar, masticando despacio y disfrutando de la clandestinidad fue dando cuenta del rosco. La tentación de coger otro era grande, pero fue prudente, se sacudió el jersey tejido con tanto cariño por su abuela, de muchos colores distintos, que se arremolinaban en su sofá en madejitas más grandes o más pequeñas mientras lo iba haciendo con el compás de las agujas y de vez en cuando con la mirada en un libro azul que debía ser la Biblia del punto.
Era una pena que "robar" pudding o bizcocho dejara huella, tendría que esperar a que lo abrieran formalmente para poder llegar a ellos ilegalmente, a deshora, justo justo cuando le dicen que no debe comer.
Llegaba el momento difícil, salir de la alacena sin que la pillaran, abrió despacito la puerta y sigilosamente, pegada al marco de la puerta salió sonriéndose para adentro. ¡Qué de cosas buenas tiene la Navidad!


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